10 HERRAMIENTAS PARA RECONTEXTUALIZAR AL ELN

Vicente Torrijos R.

Profesor de ciencia política y relaciones internacionales en la Universidad del Rosario, de Bogota. El Gobierno y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) siguen dialogando en Colombia, pero el dilema que se les presenta en la actualidad es simple: o la organización ilegal da ahora el paso hacia una transición política, o empieza a recorrer un sendero de terrorismo.
Para apreciar mejor la planteada disyuntiva, vale la pena considerar este juego de 10 herramientas:
Seis rondas de diálogo es más que suficiente. Aunque hay conflictos cuyas negociaciones han demandado lustros, los mecanismos que han empleado aquí las partes, para tratar los temas y perfeccionar la logística (La Habana, Caracas, las cárceles, las casas de paz) hace pensar que ir mucho más lejos de los quince meses que ha tomado el diálogo hasta ahora sólo sería sinónimo de dilación.

Ninguna agenda puede ser infinita. Es apenas natural que una guerrilla quiera ser tomada (históricamente) en serio y formalizar el diálogo a través de una agenda lo más amplia e intelectualmente exigente. Pero las agendas etéreas, aquellas que versan sobre 'el ser y la nada', suelen ser sinónimo de simple y pura manipulación (el diálogo como forma de lucha).

Alguien tiene que comenzar el cese el fuego. Es correcto que se quiera un cese bilateral. Pero uno de los actores debe dar el primer paso, correspondiéndole dicha acción al más vulnerable, al que está en posición de ser alcanzado por los saboteadores interesados en que el proceso fracase. Cuando una guerrilla se niega a cesar el fuego deja en claro que su dependencia de la violencia permanece intacta.

El cese de hostilidades es la base de una negociación sostenible. Si, a pesar de cesar el fuego, se sigue intimidando, persiguiendo y sometiendo a la gente, la guerrilla sólo estará refrescándose militarmente para perfeccionar su aparato de combate y proselitismo armado. Adicionalmente, el cese de hostilidades es el primer paso para garantizar la seguridad física de los combatientes, poniéndolos a buen recaudo y fuera del alcance de quienes rechazan su proceder con el Estado.

El ELN no es débil, ni entreguista, ni traidor. Se ha querido presentar al grupo armado como una especie de veleta sin rumbo, completamente afligido, diezmado, marchito, agobiado, atomizado y sin ninguna otra opción que someterse al sistema liberal contra el que tanto decía luchar. Al ELN se le muestra como una organización militarmente incompetente, que siempre se debatió entre el aventurerismo revolucionario, o el trabajo social revolucionario dedicado al intervencionismo comunitario, o sea, a la organización de las masas para que se apropiaran del momento histórico y asumieran con madurez la revolución imaginada. Pero el ELN no es débil. Ha logrado mantener presencia activa en áreas de notable interés estratégico; ha sometido al desgaste a varias multinacionales; enfrentó al paramilitarismo denodadamente (viendo cómo se reinsertó parcialmente, pero también cómo se recicla); ha penetrado territorio ecuatoriano y venezolano; ha establecido alianzas estratégicas con otros grupos armados; y también ha resistido su agresión cuando se han roto los acuerdos en algunas regiones. Por supuesto que ha sufrido el desgaste que la Política de Seguridad Democrática les ha causado a todas las organizaciones ilegales. Sin esa presión política (materializada en la reelección presidencial), y militar (reflejada en el plan de consolidación), su decisión de dialogar podría haber seguido en entredicho, pero esa dosis de realismo es la que, precisamente, muestra la diferencia entra la astucia y la debilidad. El ELN tampoco es entreguista, ni traidor. En primer lugar, porque las FARC no son el sumo pontífice de la guerra revolucionaria como para definir quién es el hereje, el desviado o el revisionista. Y en segundo lugar, porque, hoy, la lucha contra la "dominación imperial" no tiene por qué seguir basándose en el fusil, como si Chávez, Morales y Correa no hubiesen recontextualizado la acción revolucionaria en América Latina.

Nadie va a tolerar una amnistía. Está bien que el ELN quiera una amnistía general para todos sus hombres, incluyendo perpetradores, milicianos y simpatizantes. Pero así como ayer mucha gente se pronunció en contra de la amnistía al M19, hoy casi nadie, ni en Colombia ni en el mundo, está dispuesto a premiar a guerrilleros por su osadía, su coraje y su temple revolucionario. Cuando una guerrilla sigue insistiendo en amnistías e indultos, o no sabe en qué mundo vive, o piensa que los intelectuales y dirigentes de hoy siguen teniendo el mismo grado de temor, complicidad, o complejo de culpa que aquellos de hace quince o treinta años.

La desmovilización y el desarme son la base de la transición. Así como la negociación sólo se sostiene si hay cese de hostilidades, la transición hacia la vida democrática sólo puede emprenderse si hay desmovilización y desarme. La transición obliga a despojarse de todas las armas y no reservarse un cierto derecho de autoprotección en caso de que al Estado se le ocurra lanzar una campaña de aniquilación (física), o de absorción absoluta (paralizando políticamente a la agrupación reinsertada). Algunos procesos históricos, como el de la Unión Patriótica, podrían llevar a la conclusión (apresurada) de que es conveniente mantener elevadas cuotas de aprensión y desconfianza hacia el Estado en todo proceso de transición. Sin embargo, las conexiones globales de hoy, la cobertura informativa en tiempo real, las alertas tempranas en red, y los acompañamientos de testigos operando a escala mundial son instrumentos que ponen a salvo cualquier proceso por intrincado que sea.

La actividad política es la meta de la transición. Muchas agrupaciones guerrilleras fenecen durante la transición con la misma facilidad con que muchas se han extinguido durante su conformación: sin pena ni gloria. Se integran al sistema contra el que luchaban y se aletargan, como si ese parasitismo fuese el costo que la sociedad tuviera que pagar por su gesto de abandonar la lucha armada. Por el contrario, una agrupación como el ELN, ducha en el trabajo comunitario, ha dado muestras de que preferiría la acción política a la postración postraumática. Con fino tacto político, el grupo ha hablado de la conformación de una gran coalición para el cambio, y su madurez durante la transición podría ser el tiquete para aspirar a ser parte, liderar, o conformar una coalición de esa naturaleza. A diferencia de una organización como las FARC, que también diserta repetidamente sobre una coalición semejante, pero que no da muestras de apertura al diálogo y se enfrasca en consideraciones tácticas al momento de responder a propuestas que, sobre intercambio humanitario, han hecho países como Francia, España y Suiza, el ELN parece detectar oportunamente la conveniencia de llegar a acuerdos humanitarios que favorezcan el desarrollo ulterior de tareas políticas complejas.

Toda relación con el secuestro y el narcotráfico es perversa. Así como dejan algunas armas en reserva, diversas agrupaciones ilegales optan por manejar unos cuantos secuestros selectos durante el proceso de diálogo, o por explorar o seguir manteniendo fuentes de financiación como las drogas, no sólo para garantizarse una reinserción holgada y placentera, sino para incrementar su valor económico cuando llegue el momento en que el Estado se decida a asumir los costos de la desmovilización y transición. No obstante, los colombianos de hoy ya no toleran semejante hipocresía. Es posible que en el caso de las Autodefensas se esté viendo algo semejante, pero la cúpula negociadora, y el propio Estado, se han empeñado en aseverar que se trata de células o estructuras ajenas a quienes están comprometidos con el proceso. Esto ya se verá mejor más tarde, pero el ELN no puede seguir refugiándose en la verdad, o mito, de que es una guerrilla que ha sabido mantenerse alejada de la tentación narcotraficante. Eso es algo que tendrá que demostrar cabalmente.

10ª El ELN requiere escudos y plataformas. Un grupo como el ELN, que no da muestras de querer convertirse en una organización vegetativa, o en un apéndice del Estado, requiere los mejores escudos que haya disponibles para garantizar su seguridad física y su existencia creativa. Ahí están la Iglesia Católica, múltiples ONGs, y varios países amigos. No se trata sólo de pensar que ellos deben sobrevivir en medio de tanto enemigo de la paz. Más allá de esa premisa, la organización tiene que disponer de medios, de una plataforma para que la creatividad (política y económica) no decaiga y le permita enfrentar los desafíos de la era de la información, la globalización y el multiculturalismo. Por eso, es deseable pensar que el ELN sabrá propagar sus Casas de Paz, sus convenciones regionales, su convención nacional, sus coaliciones políticas (¿con el Polo Democrático?), y sus redes de apoyo social y comunitario, tanto a nivel nacional como internacional, con una clara intención democrática y alternativa. Lo contrario sería sinónimo de farsa, chantaje y felonía.