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En el siglo XXI, la agenda de seguridad internacional se define en función de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra las ciudades de Nueva York, Washington D. C. y Pensilvania, y por la respuesta que Estados Unidos dio a ellos. La comunidad internacional se solidarizó, en ese entonces, con los estadunidenses, y cerró filas en la lucha contra el terrorismo. Sin embargo, al paso del tiempo, la cruzada contra-terrorista se tornó crecientemente divisoria, dado que otras prioridades en materia de seguridad –y que son de gran relevancia para las naciones desarrolladas y en desarrollo- fueron soslayadas.
Parte del problema estriba en que el terrorismo es un problema complejo que demanda respuestas igualmente complejas, no unívocas, además de una extensa cooperación internacional en oposición al unilateralismo y a las guerras preventivas amparadas en “sospechas”.
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